La influencia que el entorno de cada individuo ejerce sobre él es determinante para sus actuaciones, emociones y maneras de pensar. No es algo nuevo y el tema ha sido largamente estudiado y discutido en los últimos siglos Sin embargo, con la llegada de la web 2.0, las redes sociales de cada individuo han aumentado exponencialmente con herramientas como Facebook, Twitter o MySpace. Pero ¿influyen igual estas redes que las que tenemos en el mundo real?
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| Conectados (Ed. Taurus). |
“Nuestros amigos, o incluso los amigos de los amigos de éstos, pueden hacernos engordar; pero también la felicidad es contagiosa”, aseguran Nicholas Christakis y James Fowler, autores del libro "Conectados" (Ed. Taurus). En él, estos dos reputados teóricos de las redes sociales presentan una novedosa concepción del origen y el funcionamiento de estas estructuras. Lo hacen a partir de una visión científica, aplicando descubrimientos recientes en campos como la genética, las matemáticas, la psicología o la sociología.
Así, afirman los autores, en nuestro mundo rige lo que denominan la Regla de los Tres Grados de Influencia, según la cuál, las personas que se encuentran a tres grados de nosotros nos influyen más de lo que podríamos siquiera imaginar. “El amigo del amigo de un amigo ejerce una influencia mayor en nuestro estado de ánimo que cinco mil dólares en el bolsillo” explican.
Aplicado a las vastas redes actuales, ello supone una “pérdida de individualidad”, que puede dar pie a reacciones fuertes al descubrir que “perdemos cierto poder sobre nuestras elecciones”. Pero a la vez, permite a los individuos que “podamos trascendernos a nosotros mismos y nuestras limitaciones”. Por ello, esta interconexión con los demás es, para los autores, positiva ya que permite hacer cosas de las que una persona sola es incapaz”.
Asimismo lo defiende en una entrevista en The Guardian Charles Leadbeater, cuyo libro “We-think” (Ed. Profile) documenta el aumento de lo que el denomina “activismo amateur” gracias a Internet y la revolución de la información. El autor, quien ha investigado activistas digitales que trabajan en regiones empobrecidas, afirma que la tecnología y las nuevas redes abiertas han permitido “impulsar apoyos en todo el mundo” para causas concretas a la vez que “movilizar y emprender acciones, conectando nuevos actores sin necesidad de redes de profesionales de alto costo”.
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