La ciudad está perdiendo su identidad. La urbe como tal, con unos
límites cada vez más desdibujados, pero también la ciudadanía, separada
por clases y procedencias, convirtiendo la metrópolis en pequeños nichos
divididos por usos y poblaciones. Es lo que explicaba en el encuentro EquiCiudad,
organizado por el Vicerrectorado de la UPV/EHU, el catedrático de
Urbanismo de la Universidad Politécnica de Madrid José Fariña, quien
afirmó que hay que asumir unos límites de crecimiento en la ciudad,
tanto de población como de recursos y consumo.
Uno de los principales temas de la primera jornada fue el espacio
público. Según Fariña, se están trasladando sus funciones a otros
lugares, algunos en el entorno digital, y otros hacia áreas privadas, un
fenómeno que se refleja en la proliferación de equipamientos y espacios
verdes en el interior de las manzanas de viviendas. "La sociedad
demanda este tipo de espacios y hay que preocuparse de por qué se
piden", afirmaba el profesor de Urbanismo y Ordenación del Territorio.
Zaida Muxi, profesora de Urbanismo en la Escuela Técnica de
Arquitectura de Barcelona, explicó que la ordenación de la ciudad deja
fuera a muchos grupos de población, sin incluir en el diseño las
necesidades de los niños, los jóvenes, las personas mayores ni las
mujeres, tratados como un sector minoritario de la ciudadanía. Muxi
habló de pequeñas acciones y proyectos impulsados por la población que
suponen soluciones sencillas y baratas para mejorar la calidad de vida
de la ciudadanía. Actuaciones como la colocación de bancos en los
recorridos para que las personas mayores puedan descansar, o el ensanche
de las aceras, acciones que han de ser decididas por sus usuarios. La
arquitecta explicó el ejemplo de Jacoba Mulder a mediados de los años 50
en Ámsterdam. Tras la Segunda Guerra Mundial la ciudad estaba llena de
solares vacíos, y propuso utilizarlos como espacios de juego mientras se
decidían sus usos definitivos, una iniciativa que se ha repetido luego
en varias urbes, como es el caso de Esto no es un solar,
en Zaragoza. Según Muxi, para impulsar la participación de los
ciudadanos en el urbanismo, es necesario empezar por la pequeña escala.
También destacó el tiempo como uno de los recursos no renovables y
escasos que hay que tener en cuenta en el diseño de una ciudad
sostenible, en relación a las horas que dedica buena parte de la
población a desplazarse en las ciudades segregadas y las periferias.
En otra de las sesiones, el arquitecto José María Ezquiaga habló de
los planes urbanísticos como estrategias que han de incluir objetivos
mucho más amplios que la simple ordenación urbana, planteando valores
concretos según el modelo territorial al que se quiere aspirar.
Cuestiones como el desarrollo económico, la identidad del territorio o
las decisiones sobre qué recursos energéticos se van a utilizar, que
marcarán el futuro del espacio urbano. El estudio de Ezquiaga presentó
una de las propuestas al proyecto del puerto exterior de Pasaia. El
plan, que fue desechado, proponía convertir la zona en una "plaza verde"
para conectar los barrios, siguiendo una filosofía de "construir menos
en lugar de más".
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