Resulta un cliché decir que el dinero no da la felicidad, pero
ayuda, aunque el premio Nobel Daniel Kahneman le puso recientemente un precio:
60 mil dólares al año. No es que quienes cobran menos, la mayoría de la
población, no puedan ser felices, sino que a partir de esa cifra, un
aumento del poder adquisitivo, por grande que sea, tiene muy poca
influencia en el nivel de felicidad de la persona.
En una charla
en TED, Kahneman hablaba de las diferencias entre las experiencias y el
recuerdo que tenemos de ellas. Parte del problema es que muchas veces
confundimos estos dos conceptos, cuando no son lo mismo. Tal y como
explica el premio Nobel, una cosa es ser feliz en la vida, y otra
sentirse feliz con ella, algo que tiene que ver más con un sentimiento
de satisfacción. En general nuestro cerebro da mucha más importancia al
recuerdo que queda en la memoria, que construimos como una historia
para volver a él de vez en cuando. En ella, lo importante son los
cambios y momentos significativos, y especialmente el final. Así, si
una experiencia ha acabado con un mal final, inevitablemente el recuerdo
será negativo, desvirtuando los momentos buenos anteriores. Esta forma
de vivir la felicidad la proyectamos incluso al futuro, imaginando el
recuerdo que tendremos de algo que aún no ha pasado. Como ejemplo de
este desajuste entre experiencias y memorias, Kahneman preguntaba ¿si
supieras que absolutamente todos los recuerdos de las próximas
vacaciones se fueran a borrar al volver, las planearías de forma
diferente?
Otro psicólogo estadounidense, Dan
Gilbert, hace una clasificación diferente dentro del concepto de
felicidad. La natural, y aquella que producimos de forma sintética.
Según Gilbert, los humanos hemos desarrollado un sistema inmunológico
que nos permite adaptarnos a las diferentes situaciones. Con
excepciones, los cambios bruscos y traumas no marcan de una forma tan
grave nuestra vida a largo plazo como pensamos. Gilbert pone el ejemplo
de un estudio realizado a grupos de personas paralíticas y ganadores
de la lotería. Aunque resulte difícil de creer, un año después del
acontecimiento que cambió sus vidas, ambos grupos tienen un nivel de
felicidad muy similar.
La felicidad natural es la que surge al conseguir los objetivos,
mientras que la sintética es aquella que nuestro sistema inmunológico
crea, adaptando nuestro estado de ánimo a las circunstancias. Es obvio
que esta última está mucho menos valorada que la primera, considerada
como una felicidad de segunda, una solución conformista. Sin embargo no
se trata de una valoración objetiva (puesto que los resultados son los
mismos, la obtención de felicidad), sino de un criterio basado en los
valores de nuestra sociedad, que no funcionaría igual si conseguir o no
lo que deseamos nos hiciera igual de felices.
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