El uso del móvil en los
países subdesarrollados refleja también las desigualdades existentes en
estos territorios. Cada vez más proyectos de ayuda al desarrollo
utilizan el teléfono para mejorar las condiciones de salud, de
educación y de apertura al resto del mundo, pero las barreras
económicas y culturales no desaparecen.
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Imagen de la organización Kiwanja, dedicada al desarrollo a través de las nuevas tecnologías.
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La
conectividad a través del móvil está tomando cada vez más protagonismo
en todo el mundo, también en los países pobres. Aunque un móvil no deja
de ser un gasto enorme para las familias con pocos ingresos y en muchos
hogares de África y Asia supone más del 50% del sueldo, un teléfono es
más barato que un ordenador portátil y abre las puertas a posibilidades
de mejora social en territorios donde las comunicaciones son difíciles.
Proyectos de apoyo sanitario
donde organizaciones benéficas envían mensajes con consejos de
prevención y alertas para tomar los medicamentos, o redes para la búsqueda de empleo a través de SMS son algunos ejemplos, junto con fenómenos como el mBanking para el desarrollo, que permite acceder a pequeños préstamos a condiciones mucho más asequibles que en los bancos tradicionales.
Sin
embargo, el auge del móvil y sus bondades está rodeado de varios mitos.
La organización MobileActive recoge algunos de ellos en su serie Mobile myths and realities. Uno de ellos es el empoderamiento de la mujer. Según varios estudios sobre el uso del móvil desde una perspectiva de género, como The Impact of Mobile Phones on the Status of Women in India de Dayoung Lee, y Does ICT Benefit the Poor? Evidence from South Africa,
de Steven Klonner y Patrick Nolen, las mujeres no se están beneficiando
de la misma forma que los hombres de las posibilidades de esta
tecnología. El móvil genera más autonomía -acceso a servicios e
información y conexión con el mundo exterior-, pero sigue estando
principalmente en manos del cabeza de familia, sobre todo en los
entornos rurales, precisamente donde las mujeres se encuentran más
aisladas. Los roles sociales se repiten y ellas sufren las
consecuencias económicas de este gasto, pero no siempre sus beneficios.
Además
de las diferencias de género, las comunicaciones basadas en el móvil
suponen implicaciones en el acceso a Internet. Tal y como explica Ethan Zuckerman,
la descentralización de la red y su neutralidad no se da con tanta
facilidad en las conexiones móviles -tampoco su dificultad de control
gubernamental-, y los costes económicos para sus usuarios son mayores.
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