A pesar de ser conscientes de los beneficios de la cooperación, el espíritu
competitivo está muy arraigado en nuestras sociedades, sobre todo en el
ámbito de la empresa, donde ganan la competitividad y la desconfianza,
pero también a lo largo de nuestra educación. Los juegos, aunque se han
relacionado casi siempre con el espíritu competitivo, pueden resultar
una herramienta para aprender a cooperar.
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Woodley Wonder Works.
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Aunque
existe una corriente cada vez más amplia a favor del trabajo y la
creación colaborativos, generada en gran parte por la estructura de
Internet -con ejemplos tan claros como la Wikipedia-, pero también en
el mundo empresarial, con el fomento de empresas más abiertas y
organizaciones más horizontales, en nuestra sociedad la competitividad
sigue teniendo más peso que la colaboración. Michel Bauwens, en su artículo Introduction to cooperative games, apuesta por los juegos como herramienta para generar un cambio de valores, recuperando las ideas de Alfie Kohn y su libro No contest: the case against competition, de 1986. En su momento Kohn levantó bastante polémica con esta publicación, negando
la idea de que somos competitivos por naturaleza y afirmando que la
competitividad sana, un valor que se ha ensalzado durante años tanto en
el mundo laboral como en la educación y el ocio, no existe. Lo que
genera es presión, ansiedad y conflictos personales, haciendo que
nuestro trabajo no pueda resultar divertido. Kohn apostaba en su libro
por impulsar el trabajo en
grupo en lugar del individualismo, así como los juegos no competitivos
desde la infancia y entre los adultos. En este sentido, puede ser una buena herramienta la publicación Guide to Cooperative Games for Social Change,
de Adam Fletcher y Kari Kunst. La guía ofrece diferentes juegos
sencillos enfocados a cortar el hielo en las organizaciones, a aprender
a confiar en los compañeros y a generar un ambiente de equipo.
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