Tal y como defienden muchos ecologistas, el precio de recursos como
el petróleo, la electricidad o la madera está por debajo de su coste
real, puesto que en las cuentas no se incluye el coste que supone para
el medio ambiente. En el caso de la selva Amazónica, por ejemplo, su
valor real en el mercado es cero, a menos que alguien empiece a talar
sus árboles, convirtiéndolos en recurso. Los movimientos ecologistas
exigen su protección, basándose en valores morales, pero resulta
difícil pedir a un agricultor o al propietario de unas tierras que deje
de generar beneficios bajo un argumento ético, y se convierte en
hipocresía cuando se trata de territorios subdesarrollados, puesto que
el primer mundo ya ha arrasado con gran parte de su ecosistema natural.
Bajo la perspectiva de que el medio ambiente no puede protegerse
sólo con razones morales en el actual sistema económico, un grupo de
diseñadores holandeses propone crear una nueva moneda que materialice
el valor natural. De esta forma, los propietarios de un territorio, ya
sea público o privado, podrían escoger entre explotarlo o mantenerlo,
recibiendo un beneficio real a cambio.
Esta iniciativa se ha realizado en forma de investigación, puesto
que aunque la idea de base es sencilla, la puesta en práctica genera
muchos interrogantes, ¿quién sería el organismo encargado de acuñarla y
establecer su valor? ¿Bajo qué principios se establecería, midiendo
sólo las emisiones de CO2, o también otros factores, como la
biodiversidad? Dentro la investigación se han propuesto diferentes
escenarios posibles. En uno
de ellos, la moneda podría vincularse a un valor real, siguiendo el
modelo del patrón oro, con una institución internacional vinculada a
las Naciones Unidas encargada de regularla. Otra
posibilidad es una aproximación desde abajo hacia arriba, con un
movimiento de base inspirado en el poder de colaboración de Internet.
Una fundación ligada a una plataforma ciudadana podría determinar la
distribución de la moneda, a partir de un fondo de aportaciones
benéficas. En este caso, en lugar de un patrón oro, el valor se podría
determinar según el coste que supone el mantenimiento de los
ecosistemas naturales. La moneda podría entrar además en el sistema
financiero, tasando
los espacios naturales y sus especies bajo unos índices establecidos y
convirtiéndolos en un fondo de inversión, donde sus propietarios
podrían recibir intereses cada cierto tiempo.
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