La biología sintética
es una nueva aproximación a la bioingeniería que aplica los principios
de la ingeniería a la naturaleza, a escala microscópica. Se trata de
construir organismos de la misma forma en que se ensamblan componentes
electrónicos para crear dispositivos, con el objetivo de crear
organismos útiles. Es un campo multidisciplinar que está todavía por
explorar, donde entran tanto conocimientos de biología e ingeniería
como de diseño y antropología.
Un ejemplo que muestra
las posibilidades de la bioingeniería es el trabajo que realizaron en
2009 la diseñadora Alexandra
Daisy Ginsberg y el investigador James King junto con estudiantes
universitarios de diferentes áreas, E.chromi,
un microorganismo que se ingiere, y tras recorrer el interior del
cuerpo, colorea los excrementos según su diagnóstico: azul si todo va
bien, verde si hay un principio de úlcera, etcétera.
En Silicon Valley, un
grupo de científicos está experimentando con la alteración genética de bacterias
para que consigan producir petróleo reciclado a partir de desechos
agrícolas, una investigación que todavía no ha dado resultados, pero que
de desarrollarse, podría suponer una revolución en el consumo de
energía.
La bioingeniería es un
campo que abre promesas que parecen más cercanas a la ciencia-ficción
que a la realidad, como la posibilidad de controlar la evolución humana
y del resto de las especies. El biofísico y emprendedor Gregory Stock,
explicaba en una charla
en TED las consecuencias impredecibles de esta ciencia, que será cada
vez más significativa en las próximas décadas, "modificar nuestras
emociones con fármacos, eso son sólo pasos de bebé", afirmaba Stock, en
comparación a las posibilidades de controlar la biología. Un campo que
puede ofrecer muchos beneficios, pero que genera también reflexiones
éticas, acerca de la frontera entre lo que consideramos organismos
naturales y artificiales, y la barrera cada vez más borrosa entre las
necesidades y el deseo.
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