El último libro que estás escribiendo se llama Revolución urbana y derecho a la ciudad, ¿a qué te refieres cuando hablas del derecho a ciudad?
Lo que quiere decir es que en la ciudad las necesidades no se pueden
resolver sectorialmente, por separado. De nada sirve proclamar el
derecho a la vivienda si esto consiste en vivir en un polígono aislado,
en un barrio cerrado o en una zona degradada y tampoco sirve de mucho
tener derecho a la vivienda si no tienes también acceso a la movilidad, a
una zona de centralidad próxima, etcétera. Así que el derecho a la
ciudad incluye derechos específicamente urbanos como el transporte, los
equipamientos o la vivienda, pero también derechos de carácter
socioeconómico, político y cultural. Significa tener acceso a trabajo, a
la educación y la salud pública, a la igualdad de derechos
políticos,... Es un concepto complejo que sirve para orientar las
políticas urbanas, que han de ser transversales, integrales y
participativas porque al final la ciudadanía no es solo gente que vive
en una casa y se mueve, sino que es todo a la vez.
Ya en los años 90 hablabas de la pérdida del espacio público.
Hoy en día los colectivos ciudadanos y muchos urbanistas siguen
denunciando la pérdida de los espacios colectivos, ¿se ha avanzado, o
estamos igual que hace 15 años?
Hay tendencias contradictorias, por un lado es evidente que en
general, y esto es algo que se ve en Bilbao, en Vitoria y en Donostia
como en muchas otras partes, ha habido una recuperación de los espacios
públicos en la ciudad central y en el caso de Bilbao la operación de la
ría ha generado unos espacios públicos de calidad. Pero al mismo tiempo
hay tendencias en el sentido contrario. Por una parte se ha ido creando
la psicosis de la inseguridad, algo que es curioso porque por lo menos
en Europa Occidental e incluso en Norteamérica, nunca en la historia de
la humanidad había habido espacios tan seguros como las ciudades
actuales. Y en cambio, en encuestas, en campañas mediáticas, etcétera,
se habla constantemente del tema de la inseguridad.
"Las personas tienen necesidades integrales y las políticas urbanas muchas veces están compartimentadas"
Entonces ¿por qué tenemos una sensación de creciente inseguridad en las ciudades?
Eso tiene una parte de subjetivismo, los sectores medios que han
mejorado mucho su calidad de vida de alguna forma temen perder algunos
de estos elementos porque hay pequeña delincuencia urbana, hay pobreza, y
eso genera malestar. Pero por otra parte también hay una manipulación,
es una forma de evitar que haya un espacio público conflictivo. Eso
lleva a una tendencia a la vigilancia de los espacios públicos, con lo
cual parte de su aspecto informal, su condición de espacio donde la
gente se pueda sentir libre, se pierde, y muchos espacios públicos son
muy vigilados o con derecho de admisión. Así que tenemos dos realidades,
una tendencia a una mayor cantidad y calidad de espacios públicos, pero
al mismo tiempo una tendencia a privatizar y vigilar estos espacios.
Tú has sido muy crítico con la ordenanza cívica de Barcelona,
que se hizo famosa por su carácter estricto. El año pasado Bilbao
aprobó también una nueva ordenanza de civismo...
La de Barcelona fue la que inició una campaña e incluso fue copiada
en ciudades de otros países como Italia. Yo personalmente creo que las
ordenanzas cívicas son dignas de un gobierno fascista, no digo que
quienes las hayan redactado sean fascistas, pero estas normas son
fascistas en su concepción por dos razones, la primera porque practican
una represión preventiva, es decir, la presencia en el espacio público
ya lleva a la gente a ser sospechosa, y en segundo lugar porque
criminalizan a colectivos sociales enteros, a los jóvenes, a los
inmigrantes, a los pobres, etcétera. La de Barcelona es especialmente
aberrante porque es una acumulación de comportamientos entre sí, están
los que comen o beben en la calle, los que piden limosna, las personas
sospechosas de prostitución, los que van en bicicleta,... Es totalmente
inaplicable y la realidad es que en gran parte no se aplica, lo cual
lleva a la arbitrariedad y además se dan casos extremos. Por una parte
hay una retórica, diciendo "también es incívico practicar la xenofobia",
pero esto es muy genérico, y en un artículo posterior se dice que a
aquellos inmigrantes en situación irregular que denuncien a otros
sospechosos de cometer actos delictivos, el Ayuntamiento hará gestiones
para facilitar su regulación. Imagínate los abusos a los que puede
llevar una cosa así.
"La movilidad es sobre todo una cuestión urbanística, de diversidad de funciones y tejido urbano compacto"
¿Crees que se puede encontrar un balance entre la normativa y la libertad de uso?
La cuestión es que tanto las normas existentes en el Código Penal
como las normativas que ya tiene la ciudad dan medios más que
suficientes para actuar ante comportamientos incívicos. Yo no digo que
no haya que sancionar estos comportamientos, la gente que deteriora el
mobiliario urbano claro que tiene que ser sancionada, pero muchas de las
cosas que se dan en el espacio público tienen el origen en su riqueza,
porque es un espacio que permite muchos usos y por lo tanto es evidente
que algunos entrarán en contradicción. Si hay unos chicos que juegan al
fútbol y unos viejecitos que están tomando el sol, ya tienes un
conflicto. Pero estas situaciones dan lugar a la conciliación y a la
mediación y muchas veces son las entidades ciudadanas o barriales
quienes hacen la mediación y lo resuelven sin necesidad de aplicar
sanciones.
Últimamente se habla mucho de la movilidad y de la necesidad
de ahorrar energía en el transporte. En Euskadi predomina el uso del
coche privado, ¿cuales crees que son las claves para ir hacia una
movilidad más sostenible?
Yo lo resumiría en tres o cuatro puntos. Primero, hay que optar por
la ciudad compacta, por el crecimiento continuado de los tejidos
urbanos. En segundo lugar, tenemos que favorecer la mezcla de empleo y
residencia, yo no digo que todo el mundo tenga que trabajar en el mismo
barrio en el que duerme, pero sí una parte de la población, en la ciudad
se tienen que hacer muchos desplazamientos a pie. En tercer lugar, hay
que favorecer la existencia de nuevas centralidades, que no haya un
centro que acumule todos los equipamientos y servicios de alto nivel, y
por último, apostar por el transporte colectivo, por las energías más
renovables y penalizar los grandes proyectos que fragmentan el
territorio metropolitano, aquellas operaciones digamos fuera del tejido
urbano que generan mucha más movilidad privada. El transporte público
tiene que ser la forma normal de funcionar de la ciudad, al menos
durante la semana laborable. Así que no se trata de una sola política,
tiene que ser un conjunto que integre el urbanismo, el uso de energía y
los comportamientos sociales.
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